
Es la preocupación y el miedo a padecer, o la convicción
de tener una enfermedad grave a partir de la interpretación
de uno o más síntomas corporales.
El remordimiento de Orestes, W. Bouguereau
La preocupación persiste a pesar de las exploraciones
y explicaciones médicas apropiadas y provoca malestar clínicamente
significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas
importantes de la actividad del individuo.
La hipocondría
es uno de los más viejos términos médicos,
utilizado originalmente para describir los desórdenes que
se creían debidos a la enfermedad de los órganos
situados en el hypochondrium. Hipócrates utilizó
el término hypochondrium (hipocondrio) del en el 4to siglo
A.C. para referir al área anatómica debajo de las
costillas.
Una persona con hipocondría puede referir aprensiones especialmente
sobre un sistema particular del órgano (tal como el sistema
cardiaco o digestivo). El reaseguro e incluso una evaluación
médica completa del médico no calmarán a
menudo los miedos de la persona.
O, si los calma, pronto se preocupa por otra sintomatología
que puede emerger días más adelante.
La hipocondría ocurre lo más comúnmente posible
entre las edades de 20 y 30 y parece afectar ambos sexos igualmente.
Los síntomas físicos que pueden ser malinterpretados
incluyen malestares abdominales o molestias en el pecho, que invariablemente
piensan que es un cáncer intestinal o un infarto, mareos
que se decodifican como causados por un tumor cerebral para lo
cual solicitan tomografías, resonancias, Spects, conocedores
expertos de cuanto estudio haya para descartar “lo peor”
que ellos están seguros de padecer, como aquel personaje
de Woody Allen en “Hanna y sus hermanas”.
La localización, calidad y la duración de tales
síntomas se describen a menudo con lujo de detalles, pero
los síntomas no siguen generalmente un patrón reconocible
y no se asocia generalmente a cuadros físicos anormales.
El examen y el reaseguro de un médico no releva las preocupaciones
del paciente, que tiende a creer que el médico no pudo
encontrar la causa verdadera de sus males, o que –junto
a sus familiares- les ocultan la “triste verdad”.
Puede ocurrir, por ejemplo, con lunares, pequeñas heridas,
tos, incluso latidos del corazón (palpitaciones), molestias
abdominales, o sensaciones físicas no muy claras. Aunque
el médico le asegure que no tiene nada, el hipocondríaco
solamente se tranquiliza por un tiempo, pero su preocupación
vuelve a aparecer nuevamente.
La interpretación catastrófica de los signos corporales
más ínfimos por parte del individuo, es el mecanismo
que desencadena la hipocondría. El paciente pasa su vida
de consultorio en consultorio médico ("doctor shopping")
y sólo se tranquiliza temporariamente cuando algún
médico le dice que le ha encontrado una enfermedad. Incluso
algunos pacientes han sido sometidos a numerosas intervenciones
quirúrgicas, sin una necesidad real de practicarlas.
Muchas veces el médico es "vencido" por la convicción
errónea del paciente que le "impone" la certeza
que está enfermo, aunque en realidad no lo esté,
llevando a la práctica de tratamientos innecesarios y costosos,
muchas veces debido a que el profesional lo quiere expulsar de
su consultorio. Asimismo a este tipo de pacientes se les suelen
realizar numerosos estudios complementarios (análisis de
laboratorio, tomografías, electrocardiogramas, electroencefalogramas,
etc.), sin necesidad alguna, por el sólo hecho de calmar
las ansiedades y por ver colmada la paciencia de los médicos.
No debemos descartar que una persona hipocondríaca esté
realmente enferma. Como en la Fábula de Pedro y el Lobo
algunos pacientes hipocondríacos cuando se enferman de
verdad no reciben la atención médica necesaria ya
que sus síntomas son desestimados o minimizados por el
antecedente de sufrir de hipocondría.
La atención del hipocondríaco se centra no sólo
en el estudio de sí mismo (se toma el pulso, la temperatura,
el número de respiraciones por minuto y la tensión
arterial varias veces al día), sino también en la
cantidad y composición de los alimentos y si tal o cual
comida “le caerá mal al hígado o al estómago”.
El hipocondríaco acaba dedicándose a cuidar su supuesta
enfermedad lo que nos recuerda al "enfermo imaginario"
de Moliere. Siente los síntomas que lee en libros de Medicina
o en páginas de Internet, no se le puede mencionar una
enfermedad o padecimiento de un otro que ya él o ella lo
sienten también. Lee toda la letra chica de los prospectos
de los medicamentos especialmente aquellos párrafos dedicados
a las reacciones adversas y al desfilar ante sí una larga
lista de efectos secundarios cree padecerlos todos por lo cual
muchas veces ni llega a tomarlos.
Recuerdo un paciente que traía anotado en un papel
los síntomas que le producían los remedios que se
le daban, cierta vez leyendo refirió:
-Cuando tomé ese medicamento sentí mareos, taquicardia,
apaneas….
-¿Apenea?, ¿qué es eso?- pregunté.
-No sé…
-Es apnea, copiaste y encima copiaste mal- le señalé
yo.
La prevalencia de la Hipocondría en la población
general se desconoce. En la práctica médica se encuentra
entre un 4 y un 9% de los pacientes que consultan. La Hipocondría
puede iniciarse a cualquier edad; sin embargo, lo más frecuente
es que comience en los primeros años de la vida adulta.
El curso es generalmente crónico, con períodos de
mayor o menor intensidad, aunque algunas veces es posible que
el individuo se recupere totalmente.
Son conocidos visitantes de la guardias de los hospitales donde
aparecen frecuentemente por síntomas de lo más variados
y son rotulados como “las histéricas o histéricos
de siempre”.
Pero lo cierto es que el hipocondríaco
sufre por sus aprensiones y puede ver convertida su vida en una
tortura por lo que desde este punto de vista los profesionales
deben considerarlo verdaderamente un enfermo y hay que armarse
de tiempo y paciencia para poder hacerles tomar conciencia de
lo psicológico de sus síntomas para que no anden
deambulando por todos los consultorios y servicios en busca de
la “enfermedad maligna” que ellos están seguros
y convencidos de llevar dentro de sí.
* Dr. Adrián Sapetti, médico psiquiatra.