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"La
mujer es el negro del mundo", decía John Lennon,
y si esa mujer presenta un desorden psiquiátrico más "negro"
será. Siempre reflexiono, tanto en mi labor de Sexólogo como
en la de psiquiatra, en que hay una mayor discriminación respecto
a las dolencias psicológicas del género femenino. Desde la
Sexología porque, para el imaginario sexual masculino, la
mujer "puede hacer
el acto sexual cuando quiere, ya que el orgasmo
de ellas no es necesario" a diferencia de los sufridos
varones machistas que requieren una respuesta determinada
y efectiva. Como si poder hacerlo habilitara a todas las mujeres para querer a cada momento
y en toda situación, independientemente de los afectos, las
emociones y los conflictos, como si el placer y el deseo no
contaran.
En el
campo psiquiátrico ocurre algo similar: es bien conocido que durante años a las "locas" las bautizaban brujas, hechiceras
y poseídas por el demonio. Así eran incineradas en la pira, torturadas sin piedad,
previo pesaje en balanzas para determinar si "podían
sobrevolar los cielos montadas en una escoba", o ser golpeadas con el célebre martillo para las brujas, y pobre de aquella que
profiriera un gemido ante el castigo. Es sabido que, en la esquizofrenia, una de
las psicosis más frecuentes, predominan los delirios místicos, por lo cual los jueces e
inquisidores se expedían rápidamente en condenarlas por posesión satánica.
Los
manicomios de mujeres solían estar en la marginación de la marginación, muchas veces a
la sombra de los masculinos. Aún hoy es común escuchar que "las locas son peores que los locos".
Muchas veces las familias ocultan a la hija o hermana enferma mental y ésta suele tener
que soportar los castigos verbales y físicos de los familiares que afirman que "se hacen las locas para pasarla bien".
Impedidas
de trabajar desde jóvenes, en muchos casos por el simple hecho de ser mujeres, prometidas
a un marido que nunca llegó, coartada la posibilidad de estudiar, se enfrentan a solas
con su enfermedad. Sin sostén económico, incapaces de trabajar por no tener las armas
necesarias ni un yo fortalecido y sin instrucción que les facilite el acceso al trabajo,
el mundo las encuentra sufrientes e inermes luchando contra la locura, la depresión y la
falta de posibilidades.
Con los
varones a veces ha ocurrido algo similar pero muchos tenían un oficio o profesión y no
estaban imbuidos de su inevitable y excluyente rol de marido-padre. No nos olvidemos que mujer suele ser
sinónimo, antes que nada, de esposa-madre,
mientras al varón, amén de la familia, se le prometían y auguraban el éxito y el
dinero, el esfuerzo y el trabajo fuera del hogar.
En la
actualidad, a pesar de que disponemos de psicofármacos de última generación que, junto
con el desarrollo de las psicoterapias, abren una perspectiva promisoria, seguimos viendo
pacientes mujeres de 30 o 40 o más, con padres fallecidos o envejecidos, sin cobertura
social y con bajo o nulo poder adquisitivo, sin familia o con ella pero sin querer hacerse
cargo, viviendo en condiciones inhumanas.
Es
amargo pensar en cuánto más se podría hacer por ellas que internarlas en un
psiquiátrico: realizar tratamientos ambulatorios o de comunidad terapéutica (que los hay
y buenos en nuestro medio), enseñarles un oficio o incluso a manejarse mínimamente con
sus hábitos cotidianos: higienizarse, hacerse la comida, realizar trámites sencillos.
Permitirles el paso a un taller protegido y, al igual que en otros países, incluirlas en
planes de capacitación laboral con cupos obligatorios en las empresas (y no estoy
hablando de una utopía ya que sé de un laboratorio de productos medicinales que lo
hace), acceder al esparcimiento, al turismo y a un estudio mínimo y posible, a una
vivienda y vida dignas.
O acaso
en la década de los neurotransmisores y los psicofármacos racionales de nueva
generación, altamente eficaces como el risperidone, la
fluoxetina, la sertralina, la mirtazapina, el topiramato
-entre tantos otros-, vamos a condenar a todas estas mujeres que padecen una
esquizofrenia, una depresión, una fobia
o una enfermedad bipolar a un deterioro gradual,
lento e inexorable, olvidando lo que decía el pintor Modigliani de que "la vida es un don: de los que tienen y pueden a
los que no tienen y no pueden". Y no creo que sea tarde, no creo que sea vano: la
enfermedad mental ha dejado de ser un estigma, una mancha, para ser algo posible de
contener y hoy con amplias posibilidades de recuperación.
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