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Podríamos decir
que una fobia es un miedo desmesurado a un ataque que no va
a venir.
Hay fobias específicas (a las alturas, a los espacios abiertos
agorafobia-, a quedarse encerrado claustrofobia-,
a los insectos insectofobia-, a las alturas como también
existen fobias sociales y sexuales. El rasgo esencial de una
fobia sexual es el temor persistente e irracional asociado
al deseo compulsivo de evitar sensaciones o experiencias sexuales,
con la característica que el individuo reconoce este miedo
como irracional o excesivo. Estos pacientes fóbicos pueden
llegar a evitar por completo el sexo, o su evitación y ansiedad
la restringen a determinadas facetas de la sexualidad: a los
genitales, a las secreciones y olores genitales, a penetrar
o ser penetrada, al orgasmo, a que sean vistos desnudos, al
beso profundo, a la masturbación, al embarazo, al sexo oral
genital. Hay pacientes que su aversión al sexo los lleva a
mantenerse vírgenes durante toda la vida, no se casan y se
convierten en individuos con verdaderas fobias sociales.
En los casos
en que el síntoma fóbico en sentido amplio, sexual o no sexual,
aparece con claridad -fobia a la penetración, claustrofobia
o agorafobia- el diagnóstico es relativamente claro, pero
no lo es tanto en el llamado carácter fóbico, donde lo que
se detecta es una forma estable de comportamiento, con una
manera automática de regulación de la angustia, con un conjunto
de rasgos que lo caracterizan, pero sin la presencia de verdaderos
síntomas. Lo podríamos definir por un permanente estado de
alerta y exploración del medio ambiente, ya que para el fóbico
la relación con el otro pierde su neutralidad para convertirse
en la posibilidad de un peligro inminente y próximo. Un rasgo
típico es su tendencia hacia la huida (de las parejas, de
la relación sexual, de su vocación, de la vagina o el pene,
del tratamiento). Aunque también observamos como mecanismo
contrafóbico una "huida hacia adelante", donde para
vencer la fobia arremete contra su dificultad; es el paciente
que viene a la consulta y nos dice: "vuelvo a estudiar
y apruebo todas las materias en un año" o "a partir
de hoy cambio mi vida: con el primer muchacho que salga me
acuesto", o "esta vez es la definitiva, conocí una
mujer en el trabajo y en un mes me caso"; aunque
después, como el personaje de una obra de Gogol, salte despavorido
por la ventana mientras la novia se prueba el vestido en la
habitación contigua. El paciente fóbico, dada sus características
de ser alguien que "está siempre por irse", en viaje
permanente, nos plantea algunas dificultades particulares
que muchas veces no llegan a evidenciarse debido a un aspecto
nuclear en el curso del tratamiento: la frecuente deserción.
La fobia se nos presenta como una estructura defensiva construida
sobre una serie de evitaciones, prohibiciones y precauciones
ante determinados objetos o situaciones cuya proximidad despiertan
angustia. Recordemos que el paciente se mantiene, gracias
o a pesar de, a través de las defensas, en un cierto estado
de equilibrio y recurre a la consulta cuando ve que los demás
se casan y él no, cuando su pareja amenaza con dejarlo o hay
ciertas presiones sociales y, por supuesto, por disfunciones
sexuales. Este aspecto nuclear deberíamos tenerlo presente
ya que el fóbico desea y teme al mismo tiempo, se asoma y
huye, desea curarse pero teme que eso mismo ocurra, anhela
la penetración o el orgasmo pero siente miedo ante lo que
pueda pasarle.
Creo que uno
de los posibles detonantes de deserción podría ser el furor
curandi por parte de los terapeutas y un dejarse apurar
por "el enorme deseo de curarse" que los
fóbicos anuncian casi sistemáticamente en el comienzo de toda
terapia. Una paciente mía, durante la primera entrevista psicoterapéutica,
me planteó que deseaba concurrir cuatro veces por semana.
Yo le contesté: "con dos sería suficiente". Luego
confesaría que el mismo día que pidió la entrevista conmigo
lo había hecho con otra terapeuta, para decidirse por el que
"mejor lo comprendiera". Un aspecto dramático
de los trastornos de ansiedad vinculados a las fobias son
los llamados "ataques de pánico" que son vividos
con gran carga de angustia y con enorme repercusión en el
cuerpo. Aquejan al 1,6% de los adultos, con mayor frecuencia
a las mujeres y se presentan con alguna de estas características
: palpitaciones, dolores en el pecho, falta de aire o ahogo,
mareos o vértigos, escalofríos o sofocos, náuseas, hormigueos
en los miembros o transpiración, sensación de terror o de
irrealidad, miedo a volverse loco o al descontrol, temor a
la muerte.
Una manera de
pensar el tratamiento de un paciente con características fóbicas
sería pensarlo en etapas. Cada una de ellas presentará distintas
dificultades y posibilitará determinadas intervenciones y
no otras, en la medida que la capacidad de tolerar la angustia
lo vaya permitiendo. Una etapa fundamental de todo tratamiento,
sea psicoterapéutico o sexológico, sería el de crear una alianza
de trabajo. En esta etapa de creación del vínculo terapéutico
el fóbico nos irá probando para ver si somos amenazantes para
su mundo, si seremos confiables. En este sentido, siempre
nos someterá a una prueba, no dejará nada por escrutar: el
encuadre, las condiciones del contrato, la personalidad y
hasta el sexo del terapeuta. Es un paciente que viene pero
no sabe si podrá seguir, no sabe si tendrá horas libres o
dinero para pagar las sesiones o, más marcadamente, no sabe
"si se tiene que tratar" porque a lo mejor
la solución está "en otro tipo de tratamiento"
(psicoanálisis, psicofármacos, cirugía, inyecciones hormonales,
el urólogo, el ginecólogo, la curandera o los chamanes).
Uno de los casos donde se visualiza
una fobia compartida por la pareja es en el llamado matrimonio
no consumado. Esta disfunción se caracteriza porque la pareja,
conviviente o no, luego de un cierto tiempo que ha sido fijado
arbitrariamente en seis meses, no ha podido practicar el coito
con penetración vaginal. Algunos prefieren hablar de parejas
no consumadas puesto que se puede dar en novios o concubinos.
A veces es uno de los dos miembros el que aparenta estar "enfermo",
otras veces son ambos. Él puede tener dificultades en la erección
o ella padecer vaginismo. Ella puede tener una verdadera fobia
a ser penetrada y él ser un eyaculador precoz que eyacula
antes de penetrar. O ambos padecer un deseo sexual inhibido.
Los trastornos pueden alternarse en el tiempo o ser concomitantes,
pero siempre se mantienen de a dos. Por ejemplo: cuando ella
quiere, él no logra la erección; cuando él la logra, ella
presenta una contracción de los músculos de la vagina; si
ella pudo relajarse y vencer la fobia, él presenta una eyaculación
a porta (antes de la penetración vaginal). El miedo
los invade: a la maternidad o paternidad, al embarazo, a ser
desgarrada o lastimada, a sufrir, a dañar o ser dañado en
los genitales, incluso se detectan fantasías de caer en la
prostitución. No se pude hablar de causas en general ya que
se ve cada caso de la pareja en particular pero hay factores
psicológicos o psiquiátricos, familiares, educacionales, religiosos
y del vínculo en sí mismo. Por supuesto puede haber factores
orgánicos en algunas impotencias o en las llamadas dispareunias
(coito doloroso) que no se pueden dejar sin resolver. Hay
casos en que la aversión sexual (entendida como la persistente
o recurrente extrema aversión, o la evitación, de todo o casi
todo contacto sexo-genital con la pareja sexual) es tan marcada
que a veces les impide tocarse o besarse configurando un clásico
paradigma de complementación disfuncional manteniendo así
el equilibrio durante años; ellos lo categorizan acertadamente:
"somos como dos hermanitos" (enunciado que
puede tener una doble lectura: el vínculo des-erotizado o
el miedo incestuoso que paraliza). Si bien ellos piensan que
es algo muy grave y vergonzante y que nunca podrán solucionarlo
la realidad nos marca que con las llamadas terapias sexuales
que son terapias focalizadas de la pareja, de resolución sintomática
y cortas (10 a 15 sesiones) sumadas en algunos casos a la
medicación antifóbica o con los nuevos tratamientos
para la impotencia (sildenafil) y para la eyaculación precoz,
se logran resultados francamente notables en un breve lapso
de tiempo. El principal obstáculo, aunque parezca paradójico,
es el miedo al cambio, el miedo al éxito: justamente aquella
escena más deseada es también para ellos la más temida, la
más amenazante.
En los últimos
años, la psicofarmacología nos ha abierto un campo nuevo en
el abordaje de los cuadros fóbicos, los trastornos obsesivos
compulsivos y las crisis de pánico. Mas no siempre será posible,
necesario o conveniente, la articulación de su uso en el curso
de una psicoterapia sexológica. En forma sucinta señalaré
que en ciertos cuadros de eyaculación precoz, fobias a la
penetración, vaginismo (definido como la persistente o recurrente
contracción involuntaria de los músculos circunvaginales interfiriendo
la relación sexual , llegando a impedir la penetración peneana
e inclusive la digital) y matrimonios no consumados, incluso
en parafilias, debemos medicarlos. En general, lo hacemos
en el lapso de la duración de la terapia y los más utilizados
son algunos tricíclicos (clorimipramina) o inhibidores de
recaptación de la serotonina (fluoxetina, paroxetina, sertralina)
combinados, a veces, con el alprazolán o clonazepán. Ahora
los NaSSA (como la mirtazapina) son unos nuevos antidepresivos
con gran efectividad en este tipo de trastornos. Respecto
a la disfunción eréctil disponemos de un novedoso fármaco,
el citrato de sildenafil (Viagra) que permite mayor rapidez
para lograr la erección, mejor rigidez y más duración de la
misma. Nuestra experiencia clínica nos muestra que la tumescencia
peneana aparece unos 45-60 minutos luego de una dosis oral
única lejos de la ingesta alimentaria (de 25 mg, 50 mg o 100mg)
de sildenafil, con resultados satisfactorios que van de un
65% al 89.6% de los varones estudiados (tanto en los cuadros
psicogénicos como en los orgánicos) y con leves y escasos
efectos secundarios. La conjunción sinérgica de Terapias Sexuales
y sildenafil se muestra como la más efectiva para la resolución
de fobias sexuales del varón cuando se manifiestan como disfunciones
eréctiles. Si sabemos esperar el paciente sabrá entenderse
y comprender sus propias dificultades (alguien afirmaba que
muchos pacientes se curan si nosotros no hacemos cosas para
impedirlo), nos sabrá guiar a través de sus desfiladeros,
de sus murallas, de los anchos ríos que, a veces, interpone
entre él y nosotros. Así, si no lo encontramos en cierto espacio,
no deberíamos descorazonarnos; si no está en una parte, busquemos
en otra, seguro que en algún lugar el paciente espera por
su curación.
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