"La cara de Dios",
del Dr. Adrián Sapetti. Para
narrar sus cuentos Adrián Sapetti recurre a la mirada de los protagonistas:
un grupo de muchachos de no más de 15 años que habrán compartido alguna
esquina y alguna novia, el desaliento de una despedida o el alboroto de
una conquista increíble. No es una mirada fácil, tampoco complaciente.
Esos chicos, como los de ahora, rara vez son comprendidos por los mayores.
Esos chicos, inevitablemente, construyen un mundo personal, tan despiadado
y cruel como el de sus padres. En ese mundo y con esos chicos "suceden"
los cuentos de Sapetti. La calle, la iglesia y la escuela, el sexo, con
sus fantasías y frustaciones, y el despotismo, sin disimulo, son constantes
de todas las historias. Algo así como el corazón, pero al revés. Los protagonistas
de Edmundo De Amicis también sufren la crueldad del medio, pero están
narrados con prosa misericorde. No sucede lo mismo en estos cuentos: a
la brutalidad de algunos episodios se une la ferocidad de su escritura.
Sapetti opta por un lenguaje rudo, sin concesiones, y dice las cosas con
todas las palabras, aunque esas palabras no sean exquisitas. Evoca calles,
que para este libro están en Colegiales, pero que podrían conformar cualquier
otro barrio, con eternas noches de verano y casas de largos zaguanes y
la barra de amigos capaces compartir una prostituta entrada en carnes
y en años, o de guardar, cautelosamente, el secreto de una confesión.
Esa "mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas", que soñara
Discépolo. Cualquiera que se acerque a la cara de Dios, a no dudarlo,
entrará en un mundo de nostalgia y emoción.
Vicente Battista |

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