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En
julio de 1998 el laboratorio Pfizer presentó la medicación
oral para la disfunción eréctil conocida en todo el mundo
como Viagra (citrato de sildenafil). A pesar de la
conmoción que trajo, tanto en el ámbito profesional como mediático
y popular, en un primer momento las ventas no fueron las esperadas
y la aceptación por parte de los pacientes era con cierto
temor y reticencia. El desconocimiento del médico general
y de muchos especialistas también hacía lo suyo. En mi calidad
de médico psiquiatra y sexólogo clínico debo decir, que el
sildenafil es un medicamento que, tanto en las etapas de investigación
como en el uso clínico, ha demostrado una alta eficacia (la
respuesta en los pacientes es notable) con pocos efectos colaterales.
Remarco que es un medicamento para una condición médica y
psicológica específica: la disfunción eréctil aunque actualmente
hay personas que lo usan para mejorar su rendimiento sexual.
También está siendo estudiado su uso en mujeres y utilizado en cuadros de insuficiencia
pulmonar.
En ese entonces
comienzan a circular frases hechas como: "afecta al corazón
y a la vista", "se quedaron ciegos... se mueren
al usarlo", "los ancianos lo van a tomar y correrán
riesgos", "va a dejar a la esposa para irse con
varias mujeres o con una más joven"; de tal manera que
la escena deseable se convertía, para ambos miembros de la
pareja, también en lo más temido.
Aún
hoy, en 2007, hay pacientes que nos preguntan si “les hará
mal al corazón”.
Las falsas creencias
sobre los problemas inducidos por el medicamento se instauraron,
en ese entonces, en el imaginario social pero hizo pensar
que, entre la disfunción eréctil y su resolución, deberían
mediar algunos pasos indispensables y sucesivos: animarse
a pedir la consulta sexológica, ir a la misma (de
la decisión a la concurrencia muchas veces dista un largo
lapso), pasar por la ineludible e insoslayable etapa diagnóstica
(¿por qué iría a ser distinta que en otras consultas?) para
luego tener que pasar por otra escena temida: ir a la farmacia
y vencer el pudor de comprar, receta mediante, el sildenafil.
En ese año inicial
–1998- tuve la oportunidad de hablar con farmacéuticos: profesionales
de algunos pueblos y ciudades chicas –incluso de algunos barrios
de esta capital- me contaban que veían difícil que sus clientes
habituales (vecinos, casi) vinieran a sus farmacias a comprarlo
sacando "patente de impotentes" frente a ellos.
Una farmacéutica decía: "encima yo soy mujer... si todavía
hay gente que no se anima a comprar profilácticos si hay alguna
presente". Estos dos hechos lo corroboraban mis pacientes
(tanto del interior como de la Capital) cuando decían que
no se animaban, por pudor, machismo o prejuicios, a presentarse
con la receta en el mostrador. Quizás el varón argentino era
entonces más recatado, vergonzoso y pudoroso que otro de Nueva
York o Río de Janeiro, aunque también podemos pensar que era
más cauteloso y prefería tomarse su tiempo para arribar a
un correcto diagnóstico de su situación; aun hoy es común
escuchar a pacientes que nos dicen: "yo no voy a comprarlo
sin que me hayan estudiado las causas de mi impotencia",
lo que habla que muchos quieren "hacer las cosas bien".
Este proceso,
vuelvo a repetirlo, como en otras especialidades médicas tuvo
que llevar su necesario tiempo en oposición a la fantasía
que el medicamento salía a la venta y el consumidor lo arrebataba
irreflexivamente (no olvidemos que se usaron títulos como:
“la píldora mágica” o “la pastilla de la felicidad”). En el
farmacéutico imperaban ciertos temores y, acostumbrados algunos
a vender productos de venta bajo receta archivada sin la presentación
de la misma (como es el caso de los antibióticos, que están
en la misma lista), se encontraron que con este medicamento
debían tener más precauciones, debido a la repercusión social
del mismo.
En pocas
palabras: creo que no se está actuando correctamente cuando
se vende un remedio (incluso psicofármacos) sin la prescripción
médica.
Desde el médico
se presentaban varios niveles de conflicto: no saber cómo
ni cuándo indagar sobre la vida sexual de sus pacientes sin
aparecer como intrusivo, inoportuno o se lo sospeche de seductor,
y sabemos que los pacientes no siempre refieren espontáneamente
sus dificultades sexuales, por lo cual quedan sin diagnosticar;
a veces tienen problemas con la temática (prejuicios, desconocimiento
y falta de formación, valores y creencias, su propio pudor)
y por eso no preguntan; los médicos no tenían armas tan eficaces,
seguras y de sencillo uso para la disfunción eréctil como
lo es el sildenafil –y ahora el Tadalafilo
y el Vardenafilo-; tenían un cierto temor
que el medicamento al cual, como con la patología, aún no
conocían bien, trajera efectos secundarios severos o
fatales, entonces prefirieron esperar a que su uso fuera más
extendido y probado antes por los especialistas que dominaran
el tema. En mi opinión el uso racional de este novedoso y
útil medicamento sorteó una etapa fundamental de la práctica
médica: el correcto diagnóstico y la experimentación clínica,
amplia y dilatada en el tiempo, luego de tener el conocimiento
científico, y esto ya se ha conseguido.
Creo que fue el
camino correcto para que este producto se impusiera en el
tratamiento de la disfunción eréctil, que los varones viven
con frustración, vergüenza y angustia, pero que, no obstante,
prefieren en muchos casos sufrir en silencio a develarla frente
a un profesional. El sildenafil no es un afrodisíaco, no actúa
en el cerebro ni en el corazón, sino en los cuerpos cavernosos
del pene en presencia del deseo y del estímulo sexual; tiene
-como todos los medicamentos- contraindicaciones (tal es el
uso conjunto de nitritos y nitratos –un tipo de vasodilatadores
coronarios-) y precauciones que hay que conocer y respetar, p.
ej. en retinopatías; que muchas veces deberá asociarse
a los tratamientos psico-sexológicos.
| A nueve años de su aparición podemos decir que
muchos de los fantasmas, prejuicios y falsas creencias
fueron eliminados y hoy tanto los médicos como incluso
los pacientes saben mucho más del sildenafil. |
El citrato de sildenafil se ha constituido en uno
de los medicamentos más usados (en los últimos años aumentó
sus ventas en la Argentina de una manera vertiginosa, tanto
como en el resto del mundo); incluso ahora disponemos de
variantes de este inhibidor de la 5-fosfodiesterasa, en
productos de los laboratorios Lilly (Tadalafilo –Cialis-)
y Bayer (Vardenafilo –Levitra-), con mayor duración
(36hs) en cuanto a su efecto –Tadalafilo-, mayor rapidez
y especificidad de acción -Vardenafilo-.
Actualmente, las
ventas en la Argentina, de todos los fármacos orales para
la impotencia (sildenafil -sea el original o las diferentes
copias como el Magnus-, Vardenafilo y Tadalafilo) superan
los 20.000.000 de comprimidos al año. Solamente de
Viagra se venden 9 comprimidos por segundo
en los países donde está registrado (sin contar
con los comprimidos que se venden de Cialis o Levitra). En
Argentina es uno de los fármacos que más han aumentado las
ventas.
Ahora se están
investigando formulaciones sublinguales e inhalatorias, fármacos
de acción central (a nivel de los centros cerebrales), y
también específicos –como la dapoxetina- para la Eyaculación precoz.
El sildenafil es un medicamento que cambió la historia de
la Farmacología y la Medicina, marcando un camino del cual
no se volverá: el hecho de conocer el mecanismo íntimo de
la erección y la acción específica del fármaco en el lugar
específico, augura a los varones que no descuiden otros factores
indispensables del erotismo -que no pasa sólo por las pastillas
ni por sus partes genitales o por el falo erecto- una larga
y satisfactoria vida sexual.
* DR.
ADRIÁN SAPETTI, médico psiquiatra, psicoterapeuta,
sexólogo clínico, director del Centro
Médico Sexológico, Bs. As., Argentina, 4552-0389/
4555-6865. Director de la Revista Sexovida. Autor del
“Manual de sexualidad masculina” y de “Los senderos masculinos del placer".
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